a R.M.

Ahora friego compulsivamente las cucharas. Una y otra vez vuelvo a la misma, restriego, bruño, enjuago. Hundo la esponja en la parábola plateada, sostengo el mango con firmeza. Repito de memoria ese poema que escribiste para mí hace diez años. No es un poema realmente, pero para mí es como si un pescador cuyas manos habituadas a la danza de la red hubiesen abandonado todo repentinamente y construido un faro. Un faro altísimo, terriblemente luminoso. Entonces pensaba que todavía podría recobrarte. Siempre albergué ese tipo de esperanzas, inverosímiles. Como aquella tarde que jugaba en el recodo pedregoso del río, y mis pies se calentaban combándose contra los minerales abrasados por el día. Había perdido el anillo que me regaló mi tía Pola. Pasé horas volviendo sobre mis pasos, tratando de duplicarlos, levantando cantos, tanteando entre las ramas que descansaban en el lecho del río. No volví a jugar ese día. Buscaba. Estaba convencida. Realmente creía que podían, y debían sucederme cosas maravillosas, como, a pesar de todo pronóstico, encontrar ese anillo.  Yo sabía lo descabellado que era, y a pesar de eso creía.

Es cierto, han pasado muchos años. Estoy de pie y el ardor es una espuma densa que me cubre los dedos. De pronto pienso en la cala de Sant Pol. Me veo caminando por la rambla. Y ahora me imagino  con los ojos abiertos bajo el agua, apartando las piedras del fondo, el pelo flameando en la corriente, yo, niña, cegada por un brillo circular, repentino, que alumbra la arena parda y gruesa.