Carta al hijo que no tendré

Querido mío, ahí vienes.

Pequeño, corriendo cuesta abajo como una libre,

sorteando las piedras y el tronco de los árboles.

No sabes lo grande que te haces,

creces como un alud en el descenso.

El pecho te hierve de velocidad

y atrás las orquídeas florecen

porque han bebido de tu miedo.

Eres bello pues no lo sabes,

pero esta es la primera vez que rompes a correr

para salvarte.

Eres bello también, cuando lanzas de golpe el rastrillo

y riendo te sumerges en la pila de hojas secas

y recoges con ternura las lechuzas que han caído de sus nidos.

Yo te espero abajo, de pie, frente a la casa,

con el bosque de plástico preparado para el juego,

en la repisa sigue completa la caja de soldados.

Sé cuántas veces soñamos con ese mismo verde resplandor en el vacío,

mientras las máscaras de humo fueron endureciéndose año con año

y sus palabras fueron hilvanándose, cayendo como cuentas, una sobre otra.

Perdóname no haberte mostrado otro dios que la belleza,

no haberte obligado a ponerte de rodillas

para masticar sin tregua las raíces de la culpa.

Perdóname, pues la única vez que soñé contigo

te había abandonado.

Hijo, he envejecido.

Toma mi corazón disminuido por el tacto del invierno,

es pequeño como un broche

y tan liviano que es incapaz de causar daño.

Tómalo sin miedo, ya no puede herirte.

Llévalo hasta el mar y entiérralo en la arena.

Vuelve a decir en voz baja ese poema que repetimos cada noche

en lugar de las plegarias.

Entonces imagina la más poderosa de todas las metáforas,

coloca frente a ti una cuesta ominosamente pronunciada

y échate a correr

con tanta fuerza

como puedas.

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Del poemario “El espejo sin imagen”, Premio de Poesía Gustavo Batista 2012

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