a G.

Te hablaré sobre una mujer que estás a punto de conocer. Ella juega con un cajón de anillos y dedos que no se corresponden, tiene una colección de botones y cuenta siempre la historia de una niña que nació del bosque y caminó hasta el mar para convertirse en cisne. Esa mujer de rodillas en el agua no es una pintura de Sorolla. No lo es, aunque lo creas o por lo menos se lo digas. Sus palabras son los eslabones de una cadena que brotan de su boca acoplándose el uno con el otro para alguna vez abarcar la dimensión de la noche. Pero la noche no posee longitud, es como una bandada de pájaros que se mueve de un lado a otro, poseídos por un espasmo repentino. Esos pájaros han volado desde siempre y no hay árbol para ellos ni sitio alguno de descanso.

Su corazón te hará imaginar los mares turbios del septentrión, y una ballena atravesada por arpones, arrastrada por una horda de hombres hasta la orilla. Verás un abanico de rostros rojos y a todos los hombres enjuagar sus caras en el corazón de la ballena, y te parecerá que debajo de la sangre sonríen porque el canto de la ballena continuará resonando en sus cabezas durante muchos años. Pero ya sabrás todas estas cosas cuando llegue ese momento, porque tú también sentirás el peso de la sangre bajarte por la frente.

Entonces emprenderás un viaje junto a ella y siete días la verás llevar un pájaro de cristal entre las manos, siete días soñarás con ella caminando descalza sobre un lago en medio del invierno, y bajo el hielo los peces dormirán inmóviles y el ámbar se fraguará silenciosamente. Al final te sentirás cansado y decidirás que es hora de regresar solo a casa.

Volverás a trabajar la tierra, encontrarás que en tu huerta los tubérculos han crecido hasta alcanzar el tamaño de un hombre y que pronto serán capaces de levantarse por sí mismos y andar. Las lechugas habrán florecido, en sus hojas la escarcha será un manojo de diminutos soles y bajo los árboles de fruta habrá un barro dulce infestado de gusanos. Limpiarás todo con esmero: arrancarás la maleza, removerás la tierra, talarás los árboles estériles. Entonces pronunciarás el nombre de esa mujer por última vez y su nombre caerá como una semilla en tu mano. La sembrarás sabiendo  que nada nacerá ahí, que nunca la regarás, que pronto olvidarás donde la sembraste e incluso que alguna vez esa semilla fue tu voz pronunciando el nombre de esa mujer.

Volverás a vivir según las estaciones y algunas noches particularmente oscuras el oleaje de una extraña melodía llegará a ti, tan lejana y tan leve como si brotara de la nada misma.

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