paredes

Oí, una vez, la historia de una pareja que decidió pasarse el resto de su vida acostados boca arriba en una cama.

Cuando fueron a llevárselos al sanatorio, la mujer, impasible y calmada, explicó de qué se trataba todo aquello.

–        Tendidos sobre nuestra propia espera – dijo – contemplamos un domo de espejos y visiones que hemos construido en el aire. Cuelga sobre nuestras cabezas balanceándose de tanto en tanto por la brisa que se cuela por la ventana. Pero fuera de eso está todo el tiempo inmóvil, bebiéndose el agua de nuestros ojos para saciar la sed de sus criaturas: vírgenes que paren frutas por la boca, estrellas con senos, gatos y serpientes sin rostro, voces que son un espectro gris y triste que gravita sin forma. Sin nosotros, sabemos, se secarían poco a poco como hojas. Nosotros también pereceríamos, de angustia, sin la contemplación inacabable de sus ritos, de sus orgías y de sus silencios. Es por ello que hemos cedido a esta existencia compartida, consumada por la imperante necesidad de los unos y los otros.

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