Busco piedras bajo las cuales esconderme. Construyo una selva de libros y papeles para sentir lo que sintió Quiroga cuando llegó a Misiones y encontró su casa. Me refugio en trivialidades para huir de un destino que me abruma, pero luego me siento culpable, y vuelvo a los antiguos vicios, a escuchar cosas por las noches, a decir, sin poder controlarlo, palabra tras palabra en el ascensor, en la escalera, en la ducha, en la acera, en la cama, en la banca, frente a la botella de cerveza. Palabra tras palabra se va descubriendo el rostro de aquello de lo que huyo.

No sé si he vuelto. Soy mala con las promesas y las certezas. Todo es un peldaño incierto, un desvío invisible, un andén levantando en el aire.

Voy a atar mis cuerdas. A ver cuanto tarda el viento en llevarme en la eterna barca del azar.

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